lunes, 12 de mayo de 2014

El milagro de estar vivos


 
El milagro de estar vivos
De alguien que ha sobrevivido a un grave accidente solemos decir: “está vivo de milagro”. Lo decimos espontáneamente, como a quien le sale del corazón. Y es que del corazón salen siempre las verdades más claras, más reveladoras. Estar vivo, simplemente eso, estar, ser, existir: he aquí el milagro. Uno de nuestros poetas, Jorge Guillén, nos lo recuerda: Ser, nada más. Y basta./Es la absoluta dicha.
Claro que nadie está vivo porque sí. “Porque sí” se puede morir: basta un instante, un accidente absurdo, para estar muertos. El milagro de estar vivos tiene una explicación. Todos los milagros la tienen o la tendrán un día y no por ello dejarán de ser milagros. Si otro no nos hubiera prestado los primeros auxilios, si no nos hubiera llevado al hospital, si no nos hubiera puesto en manos de los expertos, si no hubiera estado a nuestro lado día y noche, si no nos hubiera recibido de nuevo en el mundo con una caricia, no estaríamos vivos. Sin amor no hay milagros, no hay dicha de existir.
Y no creamos, por cierto, que el milagro de estar vivos tiene lugar solo cuando alguien vuelve a nacer. También sucede cuando alguien sabe -o lo saben los demás- que no volverá a nacer. Solemos sentir fácil compasión del que ya no volverá a caminar, a ver, a disfrutar de sus facultades. Del que vivirá solo unos pocos días más atado a una cama. Y, sin embargo, su vida tiene el mismo valor que la mía, que la tuya. Tiene el valor eterno del ser, del estar ahí. Lo más grande que un ser humano puede hacer por otro es no hacer nada en especial; solo estar ahí, en silencio, en compañia.



5El Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; 6de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche.
7El Señor te guarda de todo mal, él guarda tu alma; 8el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre. Salmo 120.
                                          y…de su interior correrán ríos de agua viva."                                                         


















                                            
 

 
 
 
 

domingo, 4 de mayo de 2014

Basta una caricia.


Basta una caricia.

En algunas parejas, cuando muere uno de los dos, el otro le sigue a la muerte poco después. Eran realmente una sola carne, más que una sola piel. Por eso, para ellos, la muerte ha sido casi una y la misma. Y, aunque no lo haya sido, no por ello deja de serlo la vida.
Una vez le pregunté a mi amigo Jesús Fonseca:
-¿la habrás querido mucho?
Y él me respondió:
-lo que yo haya podido quererla es lo de menos. Lo que sentí, empero, cuando la perdí fue que nadie me podría querer ya como ella. Ella fue para mí la respuesta definitiva a mi pregunta de toda la vida.
La mayoría se pregunta por lo que será de su vida cuando muera su muerte, la suya propia. Nos moriremos como hemos vivido: sin la respuesta que sólo puede conocer el que se ha sentido vivo. Porque una cosa es vivir; otra, saberse vivo. La fórmula de la diferencia es el secreto descubierto por los poetas, la que se nos revela, por ejemplo, en un poema de José Luis García Martín, recreador de Paul Eluard:
Basta una caricia
Para que el mundo brille en todo su esplendor.
Basta un pájaro
Para que el viento y el día tengan alma
Basta una noche
Para que la oscuridad se llene de infinitas luces.
Basta tu nombre
Para que todas las cosas hermosas tengan nombre.
Basta el amor
Para que Dios exista y nos sonría.
No es casual, por cierto, la elección del lugar donde Jesús de Nazaret revela su respuesta a la pregunta de toda una vida. Betania es un lugar propicio para la amistad. Allí tendrá su efecto el signo de la resurrección porque el amor, para alimentar sueños, necesita alimentarse de realidades concretas, detalles, signos, respuestas sin palabras.
                ÉSTA ES LA HORA PARA EL BUEN AMIGO.
Hora en que arrullas, Cristo, nuestra vida
con tu amor y caricia inmensamente
y que a humildad y a llanto nos convida.

 

lunes, 28 de abril de 2014

Visión de futuro.

                                                        
Visión de futuro.
Nadie es llamado por vocación a cambiar de lugar o a quedarse donde está sino a cambiar de tiempo. La vocación es la revelación de otro tiempo, diferente de aquel en que vivimos. Si, para el inspirado, la diferencia permanece al alcance de los sentidos, para el llamado, en cambio, la diferencia no ocupa, no necesita ocupar, lugar alguno. No se hace presente como todo aquello de lo que tenemos noticia porque lo hemos visto u oído. No se hace presente sino futura.
La vocación es apertura a un tiempo diferente de aquel en que se vive: es visión de futuro. No es que el futuro se le haga presente al que recibe la llamada y éste pueda imaginárselo ya ahí, al alcance de la mano. Lo que sucede es que uno mismo se ve arrebatado al futuro. Y, puesto en él, advierte lo que hay de ilusorio en el futuro al alcance de la mano, el futuro de los que creen en él pero carecen de vocación para verlo. Se contentan con imaginárselo. No saben por experiencia que el saber, una vez adquirido, ya no ocupa lugar pues no lo necesita. Pero necesita tiempo para crecer comunicándose. 
La inspiración es alada. Sigue su vuelo y se pierde en el horizonte de la libertad. La vocación, en cambio, no da alas. Y no las da porque no las tiene. Pero esto es lo que más sorprende ante una vocación vivida: ver a alguien adelantado a su tiempo, a alguien que ni él mismo sabe explicarse cómo ha llegado a donde ha llegado. Pero la perplejidad se multiplica para él, para él solo, cuando se empieza a ver fuera de lugar, sin futuro precisamente allí donde él es el futuro. Y tiene que emigrar, como tantos jóvenes de nuevo en esta hora de España.

 

domingo, 20 de abril de 2014

Nos queda la esperanza


Nos queda la esperanza.  
Tal vez hayáis leído el mito de Pandora, la mujer a la que se le atribuyen todas las desgracias. Las mujeres tienen, como siempre, la culpa de todo. Pandora destapó un jarrón y de él se escaparon todos los males que, a día de hoy, siguen afligiendo a la Humanidad. Sólo quedó, dentro del jarrón, la espera. Por eso las desgracias suceden, casi siempre, cuando menos se lo espera uno. Y bien, la civilización de la que surgió este relato, ¿podía entender el relato de la Resurrección de Jesús?
En el jarrón de Pandora quedó atrapada la esperanza. Por eso los antiguos griegos debían asistir a sus desgracias sin esperanza y fueron los creadores de la tragedia. Pero, en el relato de la Resurrección de Jesús, la esperanza no queda atrapada dentro de un jarrón o -caso parecido- un sepulcro, pues el sepulcro está vacío. Y es, al ver el sepulcro vacío, cuando Pedro y el otro discípulo se convierten en testigos de la Resurrección: ¡Ha resucitado Cristo, nuestra esperanza! La esperanza queda libre, ya no prisionera de un destino trágico. La Resurrección es el acta de nacimiento de una libertad nueva porque el ser mortal sólo es verdaderamente libre cuando vive con esperanza.
 
Podemos comprender, entonces, por qué el Resucitado se aparece solo a unos pocos: tenían que nacer hombres dispuestos a llevar en su seno la vida nueva. Tenía que aparecer en la historia una manera singular de ser hombre o mujer. El cristiano es, como el judío, un hombre de esperanza. Le sucede a él como a la mujer gestante, que se imagina el rostro de su hijo. Como no lo puede ver se lo imagina y, así, los artistas y los místicos han visto el rostro de Dios en todos los rostros humanos. Y han puesto en ellos la esperanza que nos falta a todos.     
                                                        No temáis Jesús de Nazaret Ha ¡¡¡resucitado!!! No está aquí. La tumba está vacia...

http://youtu.be/jPeJ91Hw6w0
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(Pandora- y la caja de
Las desgracias- de los mitos
Griegos.)
       


 
 


 
   


 

lunes, 14 de abril de 2014

Pensando con el corazón



 
Pensando con el corazón

Hay muchas personas que creen en Dios. Pero hay muchas más -observa Daniel Dennett- que “creen en la creencia en Dios” porque piensan que creer en Dios es algo bueno. De Dios sabemos mucho menos de lo que creemos. En la religión creemos, sin embargo, mucho más de lo que pensamos. Y esto nos pasa porque la religión es, tal vez, a Dios lo que el rostro a los pensamientos. Todos pensamos con el corazón antes que con la cabeza. La moderna investigación sobre las bases neurológicas de nuestra conducta lo acaba de confirmar. Pocos, sin embargo, estaríamos dispuestos a reconocerlo. Pensar con el corazón nos parece una debilidad. Creemos, sin fundamento, en la relativa separación entre la cabeza y el corazón: éste debajo, en la sombra; aquella encima, en la luz.
Pero no es el corazón lo que está debajo de lo que pensamos. Lo que está debajo es la cabeza, sosteniendo con razones lo que, sin ellas, podría venirse abajo. El corazón lo llevamos siempre encima, en los ojos. La cara es espejo del alma porque el alma es espejo de la cara, brilla en ella. Por eso la religión es expresión y Dios, en cambio, razón: razón de fe, razón para la esperanza. Razón que sostiene por debajo, en la sombra, lo que, gracias a ella, puede ver y dar a ver la luz. La religión es el espejo, el rostro de Dios; Dios que alumbra y caldea el corazón humano.
El rostro de Dios, empero, ¿no es el nuestro, que unas veces se enciende y otras se apaga? He aquí el problema de la religión. Al hombre religioso -todos lo somos aunque no practiquemos la religión de los demás- se le plantea un problema precisamente allí donde creía haber encontrado la solución: ¿puede haber un rostro que nunca se apague.




Este
pueblo me honra con los labios, pero su
corazón está lejos de mi”
Marcos 7,5-





 
















                                                          

lunes, 7 de abril de 2014

Trabajo y amor.


Trabajo y amor

El trabajo no lo es todo en la vida. Todo en la vida lo es el amor, sentirse amado, que no supone esfuerzo alguno. Sólo el amor nos dignifica pues impide que, al concentrar nuestras energías en la faena cotidiana, olvidemos que somos lo que somos gracias a otros antes que a nuestro propio esfuerzo. La dignidad humana corre más deprisa que nuestra memoria. Nuestra memoria es tan lenta y frágil como nuestros éxitos, pues éstos se desmoronan y caen, poco a poco, a las aguas del olvido hasta que, seco su cauce bajo los rigores de la edad, podamos ver, al fin, lo que somos. A veces es ya, por cierto, demasiado tarde
Todos los héroes son unos ausentes
Escribe el novelista afgano Atiq Rahimi en La piedra de la paciencia. Y deja olvidada esta frase en labios de una mujer sola y rodeada de muerte. La guerra y el trabajo han sepultado héroes y libertadores bajo las orillas sumergidas de la historia. ¿Y el amor? ¿Acaso no será precisamente el amor lo más anti heroico que existe?, ¿lo único capaz de ofrecer todavía a hombres y mujeres una dignidad común?
Recuerdo la energía concentrada en el vértice del trabajo, día a día, año tras año, y pienso que se parece al esfuerzo del asceta, el que se pasa la vida en el desierto. Y a la pasión del amante traicionado, que ya solo en aborrecer encuentra su consuelo. Y a la gesta del héroe, siempre inevitablemente ausente. A todos nos gusta parecernos a otros porque es, tal vez así, contrayendo parecidos, cómo desaparecemos, sustrayéndonos a la vista del amor, que nunca nos exige nada a cambio, que ni siquiera espera nada en concreto de nosotros y, por eso, nos turba y desconcierta tanto, porque lo espera todo, todo y nada a la vez.

El amor no es un cuento acabado, es una página en constante construcción
Amar a la vida a través del trabajo, es intimar con el más recóndito secreto de la vida. Khalil Gibran

lunes, 24 de marzo de 2014

El buen rollo


El buen rollo
El buen rollo es aquella nebulosa en la que flotamos una vez contraído el hábito de convivir sin esperanza de conocernos. Unos, porque, encima de sus cabezas, brilla inmutable el cielo de las creencias. Y otros, porque, bajo sus pies, vibra sin cesar la tierra, con sus pulsátiles urgencias. A todos complace por igual descansar entre el cielo y la tierra porque ambos cansan, si bien cada uno a su manera. Convivir, aunque es imperativo, no se nos impone desde afuera: ni desde el cielo que, de vez en cuando, anhelamos ni desde el suelo que pisamos sin querer. Es necesidad hecha virtud por sí misma, espontánea. Hemos de llevarnos bien aunque no nos llevemos, ni bien ni mal. Y, aunque no nos podamos ver, tenemos que poner cara de no esperar vernos.
“Es impropio de esta época!/amar cuánto dura…”, reconoce el poeta Martín López-Vega. Y es de lo más propio, tal vez, el buen rollo, apostillaría yo. Porque el cielo no dura, no recibe el tiempo en su mudanza. Aquello en lo que creemos, lo que está arriba, “guía siempre”, como leemos en el verso de otro poeta, Antonio Colinas. Y, por razones exactamente opuestas, esto es, porque está abajo y en penumbra, la tierra no dura tampoco. Ni puede guiar a los que dudan. Lo que hemos de hacer hoy es lo que para hoy hemos dejado. Mañana siempre será mañana si no es otro hoy.
Y, mientras tanto, que no falte el buen rollo. Que nos reciba esa nebulosa donde ni los sentimientos ni las razones pueden flotar porque, aquellos y éstas, pesan demasiado. Los sentimientos tiran de nosotros hacia abajo. Las razones hacia arriba. Pero en medio flotan muy bien los estados de ánimo. Por un rato, podemos olvidarnos de nosotros mismos. Y pensar que, después de todo, somos buenas persona