lunes, 25 de marzo de 2013
lunes, 18 de marzo de 2013
PINTANDO MUCHO: FRANCISCO I
Esta semana hemos
estado pintando las celdas de la hospedería conventual. Entre muchos uno pinta
más que solo. Pero las faenas de la brocha requieren adecuada preparación. Si
no se cubren suelos y puertas antes de ponerse a la tarea, uno acaba pintando más
de la cuenta. Y en la vida conviene pintar lo necesario. Claro que, para llegar
con el brazo y la brocha allí donde hay que llegar y no más allá, es preciso
fijarse primero un límite. Y fijarse un límite lleva tiempo. Es el
entrenamiento de la espera. Uno llega, adereza la pintura y ya está listo para
empuñar la brocha a diestra y a siniestra. Así empiezan muchas parejas y
proyectos que no se han fijado un límite antes de empezar. Empiezan como
acaban, listos para estropearlo todo. Si los suelos y las puertas no se cubren
antes de empezar la faena, luego habrá que dedicar a la limpieza más tiempo que
a la pintura. Si en la vida no aprendemos a respetar desde el principio ciertos
límites nunca sabremos a qué sabe un instante de felicidad sin límite.
La sociedad de consumo es una sociedad de la desmesura. Se puede disfrutar de
todo y despotricar de todo en menos que canta un gallo. Todo se adelanta, se
acelera, se abrevia, se adapta y acomoda para llegar primero a ninguna parte.
Hasta el tiempo que debía pasar entre un pontificado y el siguiente acaba de
ser abreviado a fin de “tener Papa” antes de semana santa. Y mientras tanto,
todos a hacer quinielas con los protagonistas de esta especie de competición
deportiva en que se ha convertido la espera de estos últimos días. Ahora, al
fin, “habemus Papam”. Pues ahora, a limpiar lo que hemos manchado. Seguro que
el nuevo Papa sabrá arrimar el hombro…
lunes, 11 de marzo de 2013
Por unas manos
El
otro día, una buena persona, una de ésas que no necesitan explicarle a uno lo
que piensan porque piensan siempre como tú y están en este mundo para escuchar
más que nada, me mostró, en fotografía, la imagen de unas manos cuyas palmas
abiertas sostenían un puñado de arena. Y se puso a contarme lo que esas manos
evocaban para ella. Eran las de un sacerdote. Habían bendecido, perdonado,
consagrado ¡tantas veces durante tantos años! Pero yo, al contemplarlas, no vi
las manos de un sacerdote sino las de un simple hombre. Y las imaginé
acariciando, sosteniendo, recogiendo, alargando muchas cosas y muchas vidas.
Pensé también en la arena que, en la instantánea de la cámara digital, aquellas
manos sostenían. No pierden nada unas manos ensuciándose. Pero, sin ellas,
pierde la arena su pedestal. Y es que las manos no sirven solo para hacer
cosas. Sirven, además, para presentárnoslas. Para que podamos ver de cerca lo
que, sin ellas, veríamos de lejos o no veríamos siquiera. Sí, las manos son el
altar del conocimiento. Gracias a ellas todo puede quedar consagrado: a la
ciencia, al trabajo, al amor, a Dios. De entre las tareas que podemos hacer con
las manos, me quedo con una: la de hacer travesuras. Tengo más de cuarenta años
y me sigue gustando hacerlas. Ayer mismo le di a un novicio un buen remojón.
Jugando o jugueteando es como aprendemos las reglas de convivencia. Y,
respetándolas, respetándonos, es como nos hacemos adultos. Nada se aprende de
verdad si no es gozando o padeciendo. Mejor, como no, si aprendemos
disfrutando. Esta semana se ha muerto Hugo Chávez, el caudillo venezolano.
Siempre me pareció este hombre un niño grande, travieso y seguramente
peligroso. Que Dios le tenga en cuenta el bien y no el mal que haya podido
hacer.
lunes, 4 de marzo de 2013
Tres
mujeres
Estos días he conversado con tres mujeres. Raquel
lleva quince años viviendo en pareja. Nunca le ha importado formalizar su
unión. Tampoco ser madre. Tener sobrinos le sienta, por cierto, muy bien.
Alejandra es monja desde hace siete años en un monasterio de Zamora. Estudia
teología, lee a los clásicos y navega por los mares de la red virtual tan
suavemente como por los de la vida real. El año pasado emitió sus votos:
prometió ser monja para siempre. Mi tía Tere es viuda desde hace unos meses. Ha
vivido más de cincuenta años casada y ahora se siente sola, sin rumbo. Pero es
ávida lectora, viajera y conversadora. Ama la vida y piensa vivirla.
Seguramente algo así ha pensado estos días el primer Papa jubilado ¿No ha sido
su renuncia un acto de amor a vida, siempre más larga o más breve que lo
esperado? Hay un verso de Yehudá Ha-Leví, poeta judío del siglo XI, cuyo
sentido me ha dejado intrigado: “no envejecerá mi amor aunque sea nuevo”. ¿Cómo
va a ser viejo si es nuevo? Claro que aquí está seguramente el problema.
Envejecer es alejarse de la juventud, entenderla cada vez menos. Ser joven es
creer lejana la vejez. Si juntáramos a Raquel, Alejandra y Tere, las veríamos
discutiendo, pero desde el entendimiento. Raquel no se casa ni con su pareja
porque sabe que solo se vive una vez y que casarse ha sido, para otros, empezar
a aburrirse. Alejandra se compromete para siempre porque espera vivir muchas
veces, muchos años, con la misma persona. Tere lucha con su soledad porque es
mujer, y las mujeres son capaces de enfrentarse a enemigos que a los varones
nos angustian. A las tres les va bien el verso del poeta porque la vejez no es
su problema. La juventud tampoco. Por eso creo en ellas.
lunes, 25 de febrero de 2013
Vatileaks
Plaza y basilica de San Pedro del Vaticano
Estos
días he conocido por la prensa la reciente investigación periodística de que
han sido objeto los asuntos internos del estado vaticano tras la dimisión
anunciada por el Papa Benedicto. ¿Investigación o especulación? A mí me ha gustado
pensar siempre en la iglesia católica como institución humana. Todo lo humano
es ambiguo porque cubre una escala de registros que van en ascenso desde lo
infrahumano hasta lo sobrehumano. Yo, como soy un poco admirador de la
filosofía pitagórica, hoy olvidada, disfruto pensando el ser no como absoluto
sino como relativo. Quiero sugerir con esto que, para entender la realidad
humana, es muy útil la música. Las notas de la escala musical son relaciones.
Son relativas unas a otras. Así, la realidad humana -la entera realidad según
los pitagóricos- se nos vuelve armónica si nos acercamos a ella con una idea de
relación. No encontraremos armonía en ella si no estamos dispuestos a ver más
que un aspecto de la misma. Los mortales, ni somos la maravilla de las
maravillas ni tampoco la miseria de las miserias. La iglesia católica no es ni
casta ni meretriz sino ambas cosas en mutua relación, como supo entender
Tertuliano. Hay no pocos católicos que, cuando oyen hablar mal de su iglesia,
suelen reaccionar de dos maneras. Unos se despachan diciendo que en fin, que no
hay que exagerar, que todo es una conspiración de los perseguidores de la
iglesia…Otros reaccionan diciendo que hay que rezar mucho por la iglesia y por
el Papa. Yo les diría a estos: rezar sí, pero solo rezar no. Y a aquellos les
diría: perseguidos somos pero sin olvidar que perseguidores fuimos. Y podemos
volver a serlo. Todo es relativo. Por eso hay en ello armonía. Buscarla es
asunto nuestro.viernes, 15 de febrero de 2013
Buenas nuevas
Que tantas cosas puedan convertirse, de pronto, en nuevas, ser noticia, nos revela lo es. Agradecemos tener noticias de lo que sea porque nos permiten despertar sin esfuerzo a una vida nueva. Así, estos días ha sido noticia la despedida del Papa Benedicto XVI. Veníamos viendo desde la Edad Media que los Papas se morían Papas como quienes para tan alta misión habían nacido. Pero el Papa Benedicto nos ha despertado a una vida nueva, diferente de aquella que empezó el día de nuestro nacimiento. Los Papas venideros -y otras figuras dotadas de singular autoridad-será más probable que renuncien o abdiquen antes de morir en el intento. La despedida anunciada de la reina de los holandeses o esta otra del Papa de Roma, ¿no abren un camino sin retorno? -Víctor, me da miedo solo pensar que un día, tal vez, me haré vieja- me confesaba una buena amiga hace tiempo. Y a otro buen amigo le pregunté yo una vez cuándo empezó a darse cuenta de que había dejado ser joven para siempre: -pues el día en que un niño se cruzó en mi camino y me grito “apártate, viejo”. Ser joven o viejo no es ninguna noticia. El mundo se compone de jóvenes que llaman viejos a cuantos han nacido unas décadas antes que ellos y de viejos que llaman jóvenes a cuantos han nacido apenas unas décadas después. El mundo se compone de jóvenes que se saben jóvenes y de viejos que viejos se mueren. Pero hay algo capaz de descomponer el mundo y hacerlo nuevo: nuestra posibilidad de ser algo más que cuanto nos han dejado ser en la vida. Aun cuando ya no podemos, tal vez, ni cuidar de nosotros mismos, conservamos humeante la brasa de la libertad. Y, con ella, podemos seguir iluminando nuestro propio rostro. Yo esto ya lo sabía por mi desvalida madre. Ahora lo sabemos todos por un Papa anciano que ha querido anunciar al mundo algo inesperado, algo que lo ha descompuesto en un instante. Pero para hacerlo nuevo.
Lo que mi amiga piensa cuando teme hacerse vieja, lo que piensa de mi amigo el niño que le llama viejo, es que ser viejo es ser un estorbo. Cuando uno ya ha cumplido su misión en la vida, ¿qué puede hacer más que estorbar? Un estorbo nadie lo quiere en su camino y que nadie le quiera a uno es el infierno en vida. El infierno lo hemos imaginado con llamas implacables, como un verano abrasador. Pero el infierno que no necesitamos imaginar porque lo hemos vivido todos alguna vez es un invierno como los de antes, helador. Nos deja helados la indiferencia con que nos sentimos tratados cada vez que alguien nos mira como si fuéramos cosas. Cosas que estorban. Ser viejo es esto, ser cosa en vez de persona. Pero una cosa singular, una cosa que piensa cómo tratar otras cosas que también piensan. Que piensan y sufren de verse tratadas como meras cosas.Por fortuna, los seres humanos podemos conservar humeante la brasa de la libertad, caldear con ella muchos corazones helados por la indiferencia. Y éste es el destino reservado a la brasa que humea mientras se va apagando. El viejo está ahí, está para nada, pero está. Está, y no como una cosa. Por eso, como estos días el Papa, Puede darnos siempre una sorpresa ser libres nunca "viejos del todo, es esto: poder despertar cada dia a una vida nueva
UN PASADO QUE SE ALEJA HUMILDEMENTE, DEJANDO UN SENDERO PARA ABRIR CAMINOS DE ESPERANZA EN CRISTIANA.
miércoles, 6 de febrero de 2013
La vida cristiana consiste de fe y caridad.
El milagro del amor
He pasado el día con Juan Mari. Por la mañana
dimos un paseo entre bromas y veras al aire de la calle, que es de todos.
Luego, comimos en un bar de tránsito, atendidos por un personal de ésos que le
hacen sentirse a uno como en su casa. Por la tarde vimos juntos una película,
“Lutero”. Era la historia de un ebrio de libertad. Y, ya al atardecer, nos
despedimos. Él se quedó en Burgos y yo regresé a Silos.
Juan Mari es alguien muy entrañable para mí.
Es amigo y es cura. No tengo yo, por cierto, muchos amigos entre los clérigos.
Pero Juan Mari es diferente. Le conocí hace unos veinte años, cuando estaba en
el seminario. Durante este tiempo he aprendido de él que un hombre vale lo que
alcanza su mirada, su manera de mirar a los demás. De mi amigo sé decir que me
ha mirado siempre con amor, es decir, que nunca me ha juzgado. Esto es un
milagro: ¿cómo no juzgar a los demás alguna vez mientras vamos con ellos de
camino? Y, sin embargo, a todos nos gusta ser amados. A nadie, ser juzgado.
Ahora bien, ¿y el juicio moral? ¿Podemos evitarlo cuando vemos a otro actuando
mal?
Los antiguos monjes del desierto recomendaban
no enseñar nada que uno mismo no hubiera puesto primero en práctica. Nunca
hablar, como solemos, de lo que deberíamos hacer o de lo que hacen otros,
supuestamente mejores o peores que nosotros. En cabeza ajena, pues, nada
enseñar ni aprender. Cuando las personas cuidan sus afectos -cuando los ponen
en práctica- llegan a quererse como son, en lo bueno y en lo menos bueno. Por
eso aceptan mejor sus defectos, esto es, lo que uno no puede aprobar del otro:
una cosa es aceptar, otra muy diferente aprobar. Y aceptándolos -no
juzgándolos, no reprochándolos- es como aprenden a superarlos.
Pero, cuando no se tienen verdaderos afectos
en la vida, no se aceptan los defectos de los demás. Se reprochan sin más. Y,
al reprocharlos, en vez de ayudarles a superarlos, les privamos de la fuerza
que necesitan para ello. Esta fuerza no es otra que la confianza, el amor sin
reservas ni monsergas. Sin amor, con la ley en la mano o en el fondo de la
conciencia, no podemos superar nuestros defectos. Lo único que podemos hacer
sin amor es trocar unos defectos por otros. O unos excesos por otros.
Si Lutero no se hubiera apresurado a juzgar
los defectos de la Iglesia romana y ésta, a su vez, no hubiera condenado sin
matiz los excesos de Lutero, ¡cuánto habríamos podido aprender unos de otros!
La reforma protestante no habría sido un cisma ni la católica una
“contrarreforma”. Por suerte, a veces, sucede el milagro. El amor es siempre el
gran milagro de la vida, el más humilde, discreto y eficaz de todos los
milagros, la maravilla de las maravillas. ¿Acaso es mayor milagro estar sano o
vivo de milagro que morir después de haber vivido? Juan Mari es uno de sus
nombres.
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