domingo, 20 de abril de 2014

Nos queda la esperanza


Nos queda la esperanza.  
Tal vez hayáis leído el mito de Pandora, la mujer a la que se le atribuyen todas las desgracias. Las mujeres tienen, como siempre, la culpa de todo. Pandora destapó un jarrón y de él se escaparon todos los males que, a día de hoy, siguen afligiendo a la Humanidad. Sólo quedó, dentro del jarrón, la espera. Por eso las desgracias suceden, casi siempre, cuando menos se lo espera uno. Y bien, la civilización de la que surgió este relato, ¿podía entender el relato de la Resurrección de Jesús?
En el jarrón de Pandora quedó atrapada la esperanza. Por eso los antiguos griegos debían asistir a sus desgracias sin esperanza y fueron los creadores de la tragedia. Pero, en el relato de la Resurrección de Jesús, la esperanza no queda atrapada dentro de un jarrón o -caso parecido- un sepulcro, pues el sepulcro está vacío. Y es, al ver el sepulcro vacío, cuando Pedro y el otro discípulo se convierten en testigos de la Resurrección: ¡Ha resucitado Cristo, nuestra esperanza! La esperanza queda libre, ya no prisionera de un destino trágico. La Resurrección es el acta de nacimiento de una libertad nueva porque el ser mortal sólo es verdaderamente libre cuando vive con esperanza.
 
Podemos comprender, entonces, por qué el Resucitado se aparece solo a unos pocos: tenían que nacer hombres dispuestos a llevar en su seno la vida nueva. Tenía que aparecer en la historia una manera singular de ser hombre o mujer. El cristiano es, como el judío, un hombre de esperanza. Le sucede a él como a la mujer gestante, que se imagina el rostro de su hijo. Como no lo puede ver se lo imagina y, así, los artistas y los místicos han visto el rostro de Dios en todos los rostros humanos. Y han puesto en ellos la esperanza que nos falta a todos.     
                                                        No temáis Jesús de Nazaret Ha ¡¡¡resucitado!!! No está aquí. La tumba está vacia...

http://youtu.be/jPeJ91Hw6w0
 -----------------------------------------------------------------
(Pandora- y la caja de
Las desgracias- de los mitos
Griegos.)
       


 
 


 
   


 

lunes, 14 de abril de 2014

Pensando con el corazón



 
Pensando con el corazón

Hay muchas personas que creen en Dios. Pero hay muchas más -observa Daniel Dennett- que “creen en la creencia en Dios” porque piensan que creer en Dios es algo bueno. De Dios sabemos mucho menos de lo que creemos. En la religión creemos, sin embargo, mucho más de lo que pensamos. Y esto nos pasa porque la religión es, tal vez, a Dios lo que el rostro a los pensamientos. Todos pensamos con el corazón antes que con la cabeza. La moderna investigación sobre las bases neurológicas de nuestra conducta lo acaba de confirmar. Pocos, sin embargo, estaríamos dispuestos a reconocerlo. Pensar con el corazón nos parece una debilidad. Creemos, sin fundamento, en la relativa separación entre la cabeza y el corazón: éste debajo, en la sombra; aquella encima, en la luz.
Pero no es el corazón lo que está debajo de lo que pensamos. Lo que está debajo es la cabeza, sosteniendo con razones lo que, sin ellas, podría venirse abajo. El corazón lo llevamos siempre encima, en los ojos. La cara es espejo del alma porque el alma es espejo de la cara, brilla en ella. Por eso la religión es expresión y Dios, en cambio, razón: razón de fe, razón para la esperanza. Razón que sostiene por debajo, en la sombra, lo que, gracias a ella, puede ver y dar a ver la luz. La religión es el espejo, el rostro de Dios; Dios que alumbra y caldea el corazón humano.
El rostro de Dios, empero, ¿no es el nuestro, que unas veces se enciende y otras se apaga? He aquí el problema de la religión. Al hombre religioso -todos lo somos aunque no practiquemos la religión de los demás- se le plantea un problema precisamente allí donde creía haber encontrado la solución: ¿puede haber un rostro que nunca se apague.




Este
pueblo me honra con los labios, pero su
corazón está lejos de mi”
Marcos 7,5-





 
















                                                          

lunes, 7 de abril de 2014

Trabajo y amor.


Trabajo y amor

El trabajo no lo es todo en la vida. Todo en la vida lo es el amor, sentirse amado, que no supone esfuerzo alguno. Sólo el amor nos dignifica pues impide que, al concentrar nuestras energías en la faena cotidiana, olvidemos que somos lo que somos gracias a otros antes que a nuestro propio esfuerzo. La dignidad humana corre más deprisa que nuestra memoria. Nuestra memoria es tan lenta y frágil como nuestros éxitos, pues éstos se desmoronan y caen, poco a poco, a las aguas del olvido hasta que, seco su cauce bajo los rigores de la edad, podamos ver, al fin, lo que somos. A veces es ya, por cierto, demasiado tarde
Todos los héroes son unos ausentes
Escribe el novelista afgano Atiq Rahimi en La piedra de la paciencia. Y deja olvidada esta frase en labios de una mujer sola y rodeada de muerte. La guerra y el trabajo han sepultado héroes y libertadores bajo las orillas sumergidas de la historia. ¿Y el amor? ¿Acaso no será precisamente el amor lo más anti heroico que existe?, ¿lo único capaz de ofrecer todavía a hombres y mujeres una dignidad común?
Recuerdo la energía concentrada en el vértice del trabajo, día a día, año tras año, y pienso que se parece al esfuerzo del asceta, el que se pasa la vida en el desierto. Y a la pasión del amante traicionado, que ya solo en aborrecer encuentra su consuelo. Y a la gesta del héroe, siempre inevitablemente ausente. A todos nos gusta parecernos a otros porque es, tal vez así, contrayendo parecidos, cómo desaparecemos, sustrayéndonos a la vista del amor, que nunca nos exige nada a cambio, que ni siquiera espera nada en concreto de nosotros y, por eso, nos turba y desconcierta tanto, porque lo espera todo, todo y nada a la vez.

El amor no es un cuento acabado, es una página en constante construcción
Amar a la vida a través del trabajo, es intimar con el más recóndito secreto de la vida. Khalil Gibran

lunes, 24 de marzo de 2014

El buen rollo


El buen rollo
El buen rollo es aquella nebulosa en la que flotamos una vez contraído el hábito de convivir sin esperanza de conocernos. Unos, porque, encima de sus cabezas, brilla inmutable el cielo de las creencias. Y otros, porque, bajo sus pies, vibra sin cesar la tierra, con sus pulsátiles urgencias. A todos complace por igual descansar entre el cielo y la tierra porque ambos cansan, si bien cada uno a su manera. Convivir, aunque es imperativo, no se nos impone desde afuera: ni desde el cielo que, de vez en cuando, anhelamos ni desde el suelo que pisamos sin querer. Es necesidad hecha virtud por sí misma, espontánea. Hemos de llevarnos bien aunque no nos llevemos, ni bien ni mal. Y, aunque no nos podamos ver, tenemos que poner cara de no esperar vernos.
“Es impropio de esta época!/amar cuánto dura…”, reconoce el poeta Martín López-Vega. Y es de lo más propio, tal vez, el buen rollo, apostillaría yo. Porque el cielo no dura, no recibe el tiempo en su mudanza. Aquello en lo que creemos, lo que está arriba, “guía siempre”, como leemos en el verso de otro poeta, Antonio Colinas. Y, por razones exactamente opuestas, esto es, porque está abajo y en penumbra, la tierra no dura tampoco. Ni puede guiar a los que dudan. Lo que hemos de hacer hoy es lo que para hoy hemos dejado. Mañana siempre será mañana si no es otro hoy.
Y, mientras tanto, que no falte el buen rollo. Que nos reciba esa nebulosa donde ni los sentimientos ni las razones pueden flotar porque, aquellos y éstas, pesan demasiado. Los sentimientos tiran de nosotros hacia abajo. Las razones hacia arriba. Pero en medio flotan muy bien los estados de ánimo. Por un rato, podemos olvidarnos de nosotros mismos. Y pensar que, después de todo, somos buenas persona

lunes, 3 de marzo de 2014

Volver a nacer


Volver a nacer
En un poema antiquísimo, que acabo de descubrir, leo esta mañana muy despacio, como si fuera yo mismo el autor de sus versos o su primer oyente:
Creó Dios el Sol/y el Sol nace y muere y vuelve a nacer;/creó Dios la Luna/y la Luna nace y muere y vuelve a nacer;/creó Dios las Estrellas/y las Estrellas nacen y mueren y vuelven a nacer;/Dios creó al hombre, hijo de Dios,/y el hombre nace y muere y no vuelve a nacer
El poeta, pensé, recordó que nuestros seres queridos desaparecen. Pero aquellos otros a los que no podemos querer no desaparecen. Un día y otro “nacen y mueren y vuelven a nacer”. El poeta sabe, como nosotros, que ni el sol ni la luna ni las estrellas nacen o mueren. Sólo el hombre nace y muere. Sólo él o ella reconocen, sin esfuerzo, la alegría de ver nacer y la tristeza de no saber morir. El sol no nace ni muere. No siente alegría ni dolor. Nosotros, en cambio, sí. Nosotros sabemos lo que es nacer y morir porque hemos visto nacer y morir muchas veces.
En la aurora tibia de la civilización -otra como ésta de mi descubrimiento- hubo hombres, como nuestro poeta, para quienes la humana era otra más de las especies vivas. Algunos, como él, advirtieron, no obstante, la diferencia que la separaba de las demás, aun de los seres más sublimes: en tanto que el sol, la luna y las estrellas siempre vuelven a nacer, el hombre no vuelve a nacer. El hombre es mortal. Pero no todos pensaron como nuestro poeta.
Hubo quienes creyeron que también el hombre podía volver a nacer, como los astros del cielo vuelven a nacer cada día. Volvemos a nacer, en efecto, cada vez que nos dan en la vida una oportunidad, la que hoy esperan tantos jóvenes.
              --------------------
 

Hágase la luz!... con voz solemne.                      
El Creador dio comienzo así a la vida,
Y al reflejo de mil luces multiformes
Se despertó se la virtud dormida.
El sol se mostró cual luminaria
Esparciendo calor vivificante…….
(Anónimo)

 

lunes, 24 de febrero de 2014

Menos palabras vacías.



                                      Menos palabras vacías

                                SIN PALABRAS AMIGO,
                                                                    TENÍA QUE SER SIN PALABRAS
                                                                    COMO TU ME ENTENDIESES......             

Me cuenta Juan Mari, sacerdote al servicio del tanatorio de Burgos, que, entre los difuntos a cuyas familias acompaña, hay jóvenes y suicidas. Aseguran los viejos rabinos de Israel que cada cosa, cuando llega a una persona, tiene su límite. También las penas. Me parece que tienen razón. Pero creo que olvidan algo elemental: que las penas, mientras duran, duelen. Y lo hacen de dos maneras. La primera, y más obvia, por haber empezado: ¡con lo bien que estaba uno antes! Y la segunda, menos obvia, por no saber uno cuándo acabarán. Pues bien, de las dos maneras que nos duele el dolor, considero la segunda más angustiosa que la primera. Es verdad que todo lo que empieza acaba. El problema es que nuestra paciencia puede agotarse antes que nuestro padecer. Todo en la vida tiene un límite, claro. Pero, mientras no se lo vemos, ¿no es como si no lo tuviera?
Hay, según los expertos, personas predispuestas al suicidio. Pero hay otras que no lo están, que son cualquiera de nosotros. Cualquiera puede concluir, en un momento dado, que vivir ya no tiene sentido para él, y pasar a la acción. Ahora bien, ¿qué queremos decir cuando afirmamos que la vida tiene sentido? ¿Es el sentido algo que se pueda tener o perder? Yo creo que no. El sentido no es algo que se tiene sino algo que se da. El sentido de la vida es la oportunidad de vivir con sentido, algo que nadie se puede dar a sí mismo. El sufrimiento, agravado por la soledad, no tiene sentido. Pero una caricia o una palabra pueden aliviarlo, ponerle límite. Es lo que, acaso, no recibieron los que a sus años les pusieron fin en un día. Y lo que mi amigo Juan Mari, con su dulzura única, trata de dar a tantos. Menos palabras vacías, más respeto.
Gracias a la vida
que me ha dado tanto.
me ha dado la risa y ha dado
el llanto.
A si yo distingo dicha de quebranto
los dos materiales,
que forman mi canto. (Violeta Parra.)
                                                               
 
           

lunes, 17 de febrero de 2014

Quinta Victoria


 
Quinta Victoria.
La vida, ¿es triste o la entristecemos nosotros? Yo pienso que la vida es lo que hacemos con lo que nos hacen. Podemos jugar con ella o jugárnosla. Cuando los niños no tenían juguetes, sabían jugar con cualquier cosa. Un canto de río o un paraguas desguazado podían convertirlo en su juguete cotidiano. Pero, ahora que los adultos tenemos casi tantos juguetes como los niños, preferimos jugarnos la vida. Cuando se tiene de todo no se tiene tiempo para cuidar de nada. Todo acaba siendo como un juguete olvidado, trasto inútil.
Cada vez que regreso a la Quinta Victoria, en las afueras de Gijón, y veo a mi padre entre otros, hombres y mujeres, que un día fueron jóvenes y ahora son ancianos y enfermos, me veo a mí. Allí, entre ellos, se me pasan las horas durante unos días casi tan rápido como se les han pasado a ellos los días durante tantos años. Y parece que fue ayer cuando yo era otro…, le he oído decir a mi padre, asombrado. Supongo que lo mismo diré yo cuando sea viejo. A mí, al menos, me parece ya que será mañana.
Envejecer y enfermar es lo más parecido a convertirse uno en canto de río o en paraguas desguazado: el tiempo, como el agua, les resbala. Ahora que tenemos tantos juguetes ya no sabemos jugar con cualquier cosa. Pero nuestros mayores, los que hoy se asombran de haber sido jóvenes, jugaron, de niños, con todo. Y, si algo necesitan, es que sigan jugando con ellos. A la baraja, a pasar al rato, a sonreír por nada. ¡Qué bien saben hacerlo esas tres mujeres intrépidas que son Emilia, Maricruz y Marlén, socias fundadoras de la Quinta Victoria! Han sabido hacer de la necesidad virtud: dar tanto a quienes solo pueden pagarles un poco.
                                                             Mi Hogar, de la Quinta Victoria:

     Déjame reposar, y
aflojar los músculos del corazón
y poner a dormitar el alma
para poder hablar, y poder
recordar estos días,
los más largos del tiempo.
(/jaime-sabines)