lunes, 25 de marzo de 2013


Alencart y su prima

Cada vez que estoy junto a mi madre siento que ella me devuelve a un reino minúsculo de cuya existencia no hay noticia en medio de este gran imperio que sostenemos quienes somos lo que hacemos o tenemos. Mi desvalida madre no es nadie, no existe sino a la sombra de este imperio. Cuando me preguntan “¿cómo está tu madre?”, no sé qué decir. No está ni bien ni mal: simplemente está. El Alzheimer es una enfermedad que, a modo de puente, nos traslada más allá de este mundo, allí donde ser no es tener sino estar. Y estar estamos todos a la sombra, allí donde alumbra siempre una luz dudosa pero necesaria para que, viéndonos las caras gracias a ella, podamos vernos como somos. Esta semana ha entrado la primavera. Suele entrar con timidez. Tal vez por eso, para invitarla a entrar, le he oído decir a fray Longinos estos días a todos: “¡oye, que ha llegado tu prima…!”. Y todo el mundo preguntaba extrañado: “¿mi prima?”. Y él insistía: “¡pues claro! ¡la prima-vera!”. Hay algo que extraña todavía a la mayoría y que se sigue regalando como claridad a los niños y a los poetas. Ellos viven, como todos los desvalidos, más allá de este imperio en el que nada se comparte -ni siquiera la primavera- porque todo se acumula con la frialdad de un invierno sin fin. Uno de éstos es Alfredo Pérez Alencart, que ha celebrado en Salamanca la entrada de la primavera y el día mundial de la poesía con un homenaje a Unamuno. Alencart siente la cultura, la hermandad hispánica y la poesía como fray Longinos la entrada de la primavera: como una prima hermana que todos podemos compartir a esa luz gracias a la cual nos vemos como somos. Es la última luz del amor

 

 

lunes, 18 de marzo de 2013




PINTANDO MUCHO: FRANCISCO I

Esta semana hemos estado pintando las celdas de   la hospedería conventual. Entre muchos uno pinta más que solo. Pero las faenas de la brocha requieren adecuada preparación. Si no se cubren suelos y puertas antes de ponerse a la tarea, uno acaba pintando más de la cuenta. Y en la vida conviene pintar lo necesario. Claro que, para llegar con el brazo y la brocha allí donde hay que llegar y no más allá, es preciso fijarse primero un límite. Y fijarse un límite lleva tiempo. Es el entrenamiento de la espera. Uno llega, adereza la pintura y ya está listo para empuñar la brocha a diestra y a siniestra. Así empiezan muchas parejas y proyectos que no se han fijado un límite antes de empezar. Empiezan como acaban, listos para estropearlo todo. Si los suelos y las puertas no se cubren antes de empezar la faena, luego habrá que dedicar a la limpieza más tiempo que a la pintura. Si en la vida no aprendemos a respetar desde el principio ciertos límites nunca sabremos a qué sabe un instante de felicidad sin límite. La sociedad de consumo es una sociedad de la desmesura. Se puede disfrutar de todo y despotricar de todo en menos que canta un gallo. Todo se adelanta, se acelera, se abrevia, se adapta y acomoda para llegar primero a ninguna parte. Hasta el tiempo que debía pasar entre un pontificado y el siguiente acaba de ser abreviado a fin de “tener Papa” antes de semana santa. Y mientras tanto, todos a hacer quinielas con los protagonistas de esta especie de competición deportiva en que se ha convertido la espera de estos últimos días. Ahora, al fin, “habemus Papam”. Pues ahora, a limpiar lo que hemos manchado. Seguro que el nuevo Papa sabrá arrimar el hombro…

 

 

lunes, 11 de marzo de 2013


Por unas manos

El otro día, una buena persona, una de ésas que no necesitan explicarle a uno lo que piensan porque piensan siempre como tú y están en este mundo para escuchar más que nada, me mostró, en fotografía, la imagen de unas manos cuyas palmas abiertas sostenían un puñado de arena. Y se puso a contarme lo que esas manos evocaban para ella. Eran las de un sacerdote. Habían bendecido, perdonado, consagrado ¡tantas veces durante tantos años! Pero yo, al contemplarlas, no vi las manos de un sacerdote sino las de un simple hombre. Y las imaginé acariciando, sosteniendo, recogiendo, alargando muchas cosas y muchas vidas. Pensé también en la arena que, en la instantánea de la cámara digital, aquellas manos sostenían. No pierden nada unas manos ensuciándose. Pero, sin ellas, pierde la arena su pedestal. Y es que las manos no sirven solo para hacer cosas. Sirven, además, para presentárnoslas. Para que podamos ver de cerca lo que, sin ellas, veríamos de lejos o no veríamos siquiera. Sí, las manos son el altar del conocimiento. Gracias a ellas todo puede quedar consagrado: a la ciencia, al trabajo, al amor, a Dios. De entre las tareas que podemos hacer con las manos, me quedo con una: la de hacer travesuras. Tengo más de cuarenta años y me sigue gustando hacerlas. Ayer mismo le di a un novicio un buen remojón. Jugando o jugueteando es como aprendemos las reglas de convivencia. Y, respetándolas, respetándonos, es como nos hacemos adultos. Nada se aprende de verdad si no es gozando o padeciendo. Mejor, como no, si aprendemos disfrutando. Esta semana se ha muerto Hugo Chávez, el caudillo venezolano. Siempre me pareció este hombre un niño grande, travieso y seguramente peligroso. Que Dios le tenga en cuenta el bien y no el mal que haya podido hacer. 

 

lunes, 4 de marzo de 2013


Tres mujeres

Estos días he conversado con tres mujeres. Raquel lleva quince años viviendo en pareja. Nunca le ha importado formalizar su unión. Tampoco ser madre. Tener sobrinos le sienta, por cierto, muy bien. Alejandra es monja desde hace siete años en un monasterio de Zamora. Estudia teología, lee a los clásicos y navega por los mares de la red virtual tan suavemente como por los de la vida real. El año pasado emitió sus votos: prometió ser monja para siempre. Mi tía Tere es viuda desde hace unos meses. Ha vivido más de cincuenta años casada y ahora se siente sola, sin rumbo. Pero es ávida lectora, viajera y conversadora. Ama la vida y piensa vivirla. Seguramente algo así ha pensado estos días el primer Papa jubilado ¿No ha sido su renuncia un acto de amor a vida, siempre más larga o más breve que lo esperado? Hay un verso de Yehudá Ha-Leví, poeta judío del siglo XI, cuyo sentido me ha dejado intrigado: “no envejecerá mi amor aunque sea nuevo”. ¿Cómo va a ser viejo si es nuevo? Claro que aquí está seguramente el problema. Envejecer es alejarse de la juventud, entenderla cada vez menos. Ser joven es creer lejana la vejez. Si juntáramos a Raquel, Alejandra y Tere, las veríamos discutiendo, pero desde el entendimiento. Raquel no se casa ni con su pareja porque sabe que solo se vive una vez y que casarse ha sido, para otros, empezar a aburrirse. Alejandra se compromete para siempre porque espera vivir muchas veces, muchos años, con la misma persona. Tere lucha con su soledad porque es mujer, y las mujeres son capaces de enfrentarse a enemigos que a los varones nos angustian. A las tres les va bien el verso del poeta porque la vejez no es su problema. La juventud tampoco. Por eso creo en ellas.

 

 

 

lunes, 25 de febrero de 2013


Vatileaks
Plaza y basilica de San Pedro del Vaticano

Estos días he conocido por la prensa la reciente investigación periodística de que han sido objeto los asuntos internos del estado vaticano tras la dimisión anunciada por el Papa Benedicto. ¿Investigación o especulación? A mí me ha gustado pensar siempre en la iglesia católica como institución humana. Todo lo humano es ambiguo porque cubre una escala de registros que van en ascenso desde lo infrahumano hasta lo sobrehumano. Yo, como soy un poco admirador de la filosofía pitagórica, hoy olvidada, disfruto pensando el ser no como absoluto sino como relativo. Quiero sugerir con esto que, para entender la realidad humana, es muy útil la música. Las notas de la escala musical son relaciones. Son relativas unas a otras. Así, la realidad humana -la entera realidad según los pitagóricos- se nos vuelve armónica si nos acercamos a ella con una idea de relación. No encontraremos armonía en ella si no estamos dispuestos a ver más que un aspecto de la misma. Los mortales, ni somos la maravilla de las maravillas ni tampoco la miseria de las miserias. La iglesia católica no es ni casta ni meretriz sino ambas cosas en mutua relación, como supo entender Tertuliano. Hay no pocos católicos que, cuando oyen hablar mal de su iglesia, suelen reaccionar de dos maneras. Unos se despachan diciendo que en fin, que no hay que exagerar, que todo es una conspiración de los perseguidores de la iglesia…Otros reaccionan diciendo que hay que rezar mucho por la iglesia y por el Papa. Yo les diría a estos: rezar sí, pero solo rezar no. Y a aquellos les diría: perseguidos somos pero sin olvidar que perseguidores fuimos. Y podemos volver a serlo. Todo es relativo. Por eso hay en ello armonía. Buscarla es asunto nuestro.

 

 

 

viernes, 15 de febrero de 2013






 


Buenas nuevas



Que tantas cosas puedan convertirse, de pronto, en nuevas, ser noticia, nos revela lo es. Agradecemos tener noticias de lo que sea porque nos permiten despertar sin esfuerzo a una vida nueva. Así, estos días ha sido noticia la despedida del Papa Benedicto XVI. Veníamos viendo desde la Edad Media que los Papas se morían Papas como quienes para tan alta misión habían nacido. Pero el Papa Benedicto nos ha despertado a una vida nueva, diferente de aquella que empezó el día de nuestro nacimiento. Los Papas venideros -y otras figuras dotadas de singular autoridad-será más probable que renuncien o abdiquen antes de morir en el intento. La despedida anunciada de la reina de los holandeses o esta otra del Papa de Roma, ¿no abren un camino sin retorno? -Víctor, me da miedo solo pensar que un día, tal vez, me haré vieja- me confesaba una buena amiga hace tiempo. Y a otro buen amigo le pregunté yo una vez cuándo empezó a darse cuenta de que había dejado ser joven para siempre: -pues el día en que un niño se cruzó en mi camino y me grito “apártate, viejo”. Ser joven o viejo no es ninguna noticia. El mundo se compone de jóvenes que llaman viejos a cuantos han nacido unas décadas antes que ellos y de viejos que llaman jóvenes a cuantos han nacido apenas unas décadas después. El mundo se compone de jóvenes que se saben jóvenes y de viejos que viejos se mueren. Pero hay algo capaz de descomponer el mundo y hacerlo nuevo: nuestra posibilidad de ser algo más que cuanto nos han dejado ser en la vida. Aun cuando ya no podemos, tal vez, ni cuidar de nosotros mismos, conservamos humeante la brasa de la libertad. Y, con ella, podemos seguir iluminando nuestro propio rostro. Yo esto ya lo sabía por mi desvalida madre. Ahora lo sabemos todos por un Papa anciano que ha querido anunciar al mundo algo inesperado, algo que lo ha descompuesto en un instante. Pero para hacerlo nuevo.  
Lo que mi amiga piensa cuando teme hacerse vieja, lo que piensa de mi amigo el niño que le llama viejo, es que ser viejo es ser un estorbo. Cuando uno ya ha cumplido su misión en la vida, ¿qué puede hacer más que estorbar? Un estorbo nadie lo quiere en su camino y que nadie le quiera a uno es el infierno en vida. El infierno lo hemos imaginado con llamas implacables, como un verano abrasador. Pero el infierno que no necesitamos imaginar porque lo hemos vivido todos alguna vez es un invierno como los de antes, helador. Nos deja helados la indiferencia con que nos sentimos tratados cada vez que alguien nos mira como si fuéramos cosas. Cosas que estorban. Ser viejo es esto, ser cosa en vez de persona. Pero una cosa singular, una cosa que piensa cómo tratar otras cosas que también piensan. Que piensan y sufren de verse tratadas como meras cosas.Por fortuna, los seres humanos podemos conservar humeante la brasa de la libertad, caldear con ella muchos corazones helados por la indiferencia. Y éste es el destino reservado a la brasa que humea mientras se va apagando. El viejo está ahí, está para nada, pero está. Está, y no como una cosa. Por eso, como estos días el Papa,  Puede darnos siempre una sorpresa ser libres nunca "viejos del todo, es esto: poder despertar cada dia a una vida nueva
 
EL SEÑOR MIRA MAS LA RECTITUD DE CORAZON QUE LOS AÑOS
UN PASADO QUE SE ALEJA HUMILDEMENTE,  DEJANDO UN  SENDERO PARA ABRIR  CAMINOS DE  ESPERANZA EN CRISTIANA.